La república fragmentada
Alejandro de Anda
LO CLARO. La Semana Internacional de la Economía, organizada por la
Universidad Autónoma de Tamaulipas, reunió a especialistas nacionales e
internacionales para analizar temas estratégicos como la transición energética,
los procesos de ‘nearshoring’, la productividad regional y las políticas de
desarrollo productivo.
Estos enfoques son especialmente relevantes para Tamaulipas, entidad con un
creciente potencial en energías renovables, manufactura avanzada y logística
fronteriza. El encuentro permitió examinar cómo las transformaciones globales
y regionales están redefiniendo la competitividad económica del estado y
abriendo nuevas oportunidades para su integración en cadenas de valor
internacionales.
Para la comunidad universitaria, estas jornadas aportan herramientas
intelectuales clave para comprender el papel de Tamaulipas en un contexto
económico en evolución, así como las implicaciones sociales y laborales
asociadas a los procesos en cuestión.
Actividades como la jornada internacional de investigación, paneles temáticos y
los espacios de intercambio académico fortalecen la formación analítica de los
estudiantes y consolidan un puente entre el conocimiento universitario y las
necesidades del desarrollo económico estatal. Así, la UAT contribuye a formar
profesionales capaces de incidir en las políticas y sectores estratégicos que
impulsan el progreso de Tamaulipas.
LO OSCURO. En la península ibérica, la idea de unir a España y Portugal bajo
una sola entidad política resurge cada cierto tiempo como una nostalgia
histórica. El llamado “iberismo” nacido en el siglo XIX tras la caída del Antiguo
Régimen, tuvo entre sus defensores a figuras como Oliveira Martins en
Portugal o Miguel de Unamuno en España, que soñaban con una federación
que equilibrara a Europa frente al poder británico y francés.
A mediados del siglo XX el tema reapareció esporádicamente. Intelectuales
como José Saramago imaginaron una “confederación ibérica” como horizonte
cultural más que político.
Hoy, el movimiento sobrevive apenas en círculos académicos y foros
culturales. Las encuestas lo confirman. En 2011 un sondeo de la Universidad
de Salamanca mostró que solo el 46 % de los portugueses y el 39 % de los
españoles verían con buenos ojos una unión política. Las razones son de
identidad y estructurales.
Portugal se consolidó como Estado soberano desde 1143; cultiva una
conciencia marítima y atlántica que lo distingue del eje mediterráneo-
castellano. España no ha logrado resolver sus propias tensiones internas. Los
movimientos independentistas de Cataluña y País Vasco, tras la crisis de 2008,
hacen impensable plantear una integración que diluya aún más la soberanía.
La única vía posible sería una coalición práctica dentro de la Unión Europea,
donde ambos países ya colaboran en la “Estrategia Común de Desarrollo
Transfronterizo”. Se trata de funcionar como socios estratégicos, algo que
incluso el presidente portugués Marcelo Rebelo de Sousa y el rey Felipe VI han
promovido en foros conjuntos desde 2021. Fuera de esos gestos diplomáticos,
la realidad política permanece. Ni Lisboa quiere perder su autonomía, ni Madrid
está en condiciones de asumir un nuevo nivel de complejidad territorial.
En la Europa medieval, los países no existían como tales. Eran mosaicos de
reinos y señoríos unidos por fidelidades, lenguas o religiones comunes. La
identidad nacional surgió más por la coincidencia cultural que por la geografía.
Lo que unía no eran los límites del mapa, sino las costumbres, los mercados y
la lengua.
México, en cambio, vive el dilema opuesto. Tiene territorio y gobierno definidos,
pero carece de una cohesión regional plena. El pacto federalista, establecido
en 1824 y reformado a lo largo de dos siglos, se resquebraja ante un
centralismo que se ha fortalecido en los últimos sexenios.
Gobernadores de estados como Jalisco, Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas
(a través de la llamada Alianza Federalista en 2020) ya denunciaban la
concentración de decisiones en el Ejecutivo federal. Señalaban que la
Federación retiene más del 80 % del gasto público nacional, dejando a las
entidades una dependencia fiscal que impide políticas locales sólidas.
Ese centralismo provoca que la relación entre el presidente de la República y
los gobiernos estatales sea cada vez más distante. Las decisiones nacionales
suelen imponerse desde el centro sin consulta ni adaptación regional. La
pandemia de COVID-19 evidenció ese desequilibrio, cuando varios
gobernadores reclamaron autonomía sanitaria y presupuestal frente a las
directrices unilaterales de la Secretaría de Salud.
México parece una federación en el papel, pero un sistema unitario en la
práctica. Las asimetrías culturales y económicas acentúan esa fractura. El
norte -con su estructura industrial, apertura comercial y vinculación con
Estados Unidos- mantiene una identidad productiva más cercana a Texas o
Nuevo México que a Oaxaca o Chiapas.
El sur preserva un tejido social indígena y campesino que lo conecta más con
Centroamérica. Y el centro político (la Ciudad de México) conserva la
hegemonía institucional, económica y simbólica del país.
México se comporta como una confederación de tres civilizaciones que
coexisten bajo un mismo escudo, pero con ritmos distintos. Las alternativas no
son imposibles. Especialistas, como el constitucionalista Diego Valadés,
plantean un nuevo federalismo fiscal que descentralice el presupuesto y
devuelva autonomía a los estados.
Otros, como el economista Enrique Provencio, sugieren redibujar las regiones
administrativas para equilibrar inversión y planeación.
Y en lo político, hay los que proponen incluso crear nuevos estados, como el
histórico proyecto del Estado Huasteco, para reflejar realidades culturales que
el mapa actual ignora.
En última instancia, la comparación con Europa muestra una paradoja.
Mientras la península ibérica busca un pasado común que la una, México lucha
por mantener un presente que no la divida.
Europa tardó siglos en unirse porque partía de identidades dispersas; México
podría fragmentarse porque insiste en uniformarlas desde arriba.
Cuando el poder deja de escuchar a sus regiones, la distancia entre la capital y
el país real se vuelve una frontera más difícil de cruzar que cualquier línea del
mapa.
COLOFÓN: Otra paradoja… las marchas funcionan mejor en el centro que en
el norte y en el sur. Eso sí pudiera quedarse como está.
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@deandaalejandro
El Liberal Noticias