México en la revolución educativa
Alejandro de Anda
LO CLARO. La formación humana, en el sentido estricto debe contar con una
alta preparación educativa; con ingredientes que le complementan: convivencia
social, disciplina y desarrollo de habilidades y competencias para alcanzar su
máximo potencial en beneficio propio y de su entorno.
De esta forma, la Universidad Autónoma de Tamaulipas promueve la
integralidad de todos los aspectos que fomentan el ser.
La UAT tiene en su catálogo de apoyo a la eficiencia educativa del futuro
profesionista, una gama de ofertas deportivas, cultural y de servicios
educativos que promueven a sus educandos.
Para el nuevo ciclo que arranca, tienen grandes alternativas que han forjado
valores que hoy son representativos de nuestra comunidad.
En karate, judo, esgrima, softbol, basquetbol, box, futbol entre muchas otras.
Edith de Leija, mejor jugadora de softbol FMB 2024; David “la amenaza”
Torres, estrella del pugilismo; el judoca Lalo Sagástegui, medallista de
Panamericanos 2025 son ejemplos de las habilidades y potencialidades que
tienen las promesas tamaulipecas UAT.
LO OSCURO. No es un título peyorativo el de esta entrega. La última
transformación real que ha vivido en todos los ámbitos nuestro país, proviene
de aquella confrontación ideológica que por década y media tocó a todas las
instituciones arcaicas existentes en nuestro país.
La educación es uno de esos pilares, cuya transformación quedo atorada… en
la revolución mexicana.
El modelo educativo imperante para el aprendizaje –hoy hablemos de la
educación media y media superior- considera una muy observable
obsolescencia, comparada a la necesidad del mundo. Lo que tenemos… es de
otro siglo.
En México, durante décadas, los estudiantes de secundaria eran identificados
por colores en sus uniformes, lo cual representaba su nivel de preparación
técnica. Esa señal externa era mucho más que un distintivo escolar: implicaba
que, al concluir la educación básica, muchos jóvenes estaban destinados a
integrarse directamente como mano de obra en industrias y talleres.
Este esquema tenía sentido en la segunda mitad del siglo XX, cuando el país
buscaba consolidar su planta productiva. El objetivo era claro: formar operarios
disciplinados para sostener la manufactura nacional. Pero hoy, en pleno 2025,
el modelo ha quedado corto frente a la transformación tecnológica y las
exigencias de la economía global.
En el ciclo 1990-91, apenas el 75 % de quienes concluían la secundaria
avanzaban a media superior; para 1998-99 la cifra alcanzó el 95 %. Sin
embargo, solo un 8 % optaba por el CONALEP, creado en 1978 como modelo
de formación técnica. Ese sistema llegó a contar con más de 200 planteles y
100 000 estudiantes, además de 900 planteles de educación tecnológica media
con más de 650 000 alumnos.
El reto persiste: en 2020-21 la tasa de deserción en media superior fue de 10.8
%; aumentó a 11.6 % en 2021-22 y se redujo a 8.7 % en 2022-23, mostrando la
fragilidad del sistema frente a crisis como la pandemia. A nivel nacional, el
promedio de escolaridad es de 9.2 años y apenas el 70 % de los jóvenes
concluye la secundaria.
Mientras México mantiene un currículo rígido y materias de escasa
aplicabilidad, en Europa funcionan modelos como el sistema dual alemán,
donde los alumnos dividen su tiempo entre la escuela y prácticas en empresas.
Este modelo, también vigente en Austria, Suiza y Francia, garantiza la
adquisición de competencias reales desde la etapa de formación.
Otra innovación es el concepto de “learning factories”, fábricas educativas
donde los estudiantes trabajan en entornos productivos simulados, combinando
la teoría con proyectos de innovación tecnológica.
En contraste, en México, la Telesecundaria -creada en 1968 para comunidades
rurales- y el propio CONALEP muestran esfuerzos por modernizarse, pero aún
están lejos de convertirse en motores de transformación cognitiva para el país.
De acuerdo con la OCDE, más del 70 % de los profesores de secundaria en
México ha recibido formación en uso de tecnologías digitales, por encima del
promedio internacional. Sin embargo, ese capital docente no se traduce en un
currículo útil: los alumnos siguen enfrentando contenidos rígidos,
desconectados de los retos del mundo real.
El desfase se refleja en una generación que sabe aprobar exámenes, pero no
resolver problemas prácticos, que domina teorías obsoletas mientras carece de
herramientas para innovar en entornos cambiantes.
La discusión ya no puede centrarse en si los estudiantes aprenden listas
interminables de materias, sino en si cuentan con habilidades para adaptarse,
colaborar y crear valor en la economía digital.
El color del uniforme dejó de importar hace décadas. Lo que hoy distingue a un
alumno no es su lugar en una jerarquía escolar diseñada para fábricas, sino su
capacidad de reinventar procesos, generar soluciones y transformarse en
protagonista de un mundo en constante reinvención.
COLOFÓN: ¿Qué hace falta para imponer ese cambio que evolucionaría la
educación? ¿Una nueva Elba Esther? O que nos lo mande decir Trump.
alejandrodeanda@hotmail.com
@deandaalejandro
El Liberal Noticias